Posted on May 20, 2013 by

Cartas de amor

Esta tarde ha venido a buscarme el recuerdo de aquella deliciosa obra de Carlos Pazos. Nos la encontramos en una exposición en el MNCARS de la que apenas guardo nada más; pero esa pieza se me quedó en la memoria para siempre: una maquina de escribir con los tipos reemplazados por navajas y a la que su naturaleza impide hacer otra cosa que no sea herir de muerte el papel que la alimenta. La llamó Máquina de escribir boleros, y claro, al leer el título nos meamos de la risa.

Nunca escribí boleros, pero sí muchas cartas, de amor y de las otras. Cartas que me ayudaban a pensar, a enfocar, a digerir la vida en privado.

Ya no.

Ahora la realidad también habita un teléfono que me impulsa a escribir misivas cortitas, a sustituir meditación por inmediatez, expresión por contexto, privacidad por publicidad. A menudo cartas de un solo símbolo, un corazón ❤ arquetípico y prefabricado, facilón y sin riesgo. Servil.

Mi teléfono no es una máquina de escribir cartas de amor.

Posted on March 24, 2013 by

salvar el mundo, o la necesidad de no renunciar

Salvar el mundo quiere decir cosas muy diferentes para diferentes personas, para diferentes diseñadores, y a veces incluso para el mismo diseñador. Para este diseñador salvar el mundo no tiene necesariamente que ver con alimentar al hambriento o dar de beber al sediento, para ello tenemos gobiernos, oeneges y alguna que otra religión. Tampoco tiene que ver con el acceso universal a la educación, la erradicación del sida, la paz universal o demás deseos de año nuevo.

Salvar el Mundo no es salvar el mundo.

salvar el mundo  — en humildes minúsculas —  es la intención de hacer lo mejor que podemos con lo que tenemos entre las manos, pensar que todo lo que merece la pena diseñar merece la pena ser bien diseñado, tener la certeza de que nuestro trabajo es relevante en un esquema general mas allá de la mera satisfacción del cliente. Que cada proyecto colabora en la construcción o el derribo de una estructura común, y que perder la referencia del conjunto justificando nuestra desidia con objetivos de negocio nos empobrece, a todos.

Acabo de terminar el libro de Monteiro. Brillante, y no por que esté desvelando ningún secreto, cualquier diseñador que se haya dedicado a esto unos cuantos años ha sumado la experiencia suficiente para escribirlo, aunque seguro que con menos gracia. Este libro, leído a tiempo, ahorrará muchos dolores de cabeza.

Lo mejor del libro de Monteiro, por alguna razón me gusta llamarlo así, no es su parte higiénica ocupando el 97% de las páginas y que habla sobre contratos, abogados, negociaciones, proceso, etc. Es ese 3% que se salpica a lo largo del libro y que dice cosas como:

It’s my belief that as a designer you are responsible for what you put into the world. When you work for someone else you can’t always pick and choose what you work on. We very consciously keep Mule small so we never feel we have to take on a job we can’t ethically stand behind just to keep the lights on.

Mas Monteiro

Diseñar es un ejercicio de honestidad.

Voy a escribirlo otra vez.

Diseñar es un ejercicio de honestidad.

Honestidad hacia uno mismo. Honestidad hacia nuestro equipo. Honestidad con nuestros clientes. Con nuestro entorno. Honestidad hacia la historia de nuestra profesión y su tradición.

We come from a strong line of kings and queens. People who have spent their lives making the world a better place than when they entered it. Some in small ways. Some in large ways.

salvar el mundo es esencial, Salvar el Mundo me queda grande.

Posted on February 21, 2013 by

Lo tradicionalmente japonés

Nunca he viajado a Japón, aprendido el lenguaje, sus costumbres o leído demasiado sobre el, ni siquiera he frecuentado suficientes amistades japonesas. Y sin embargo Japón, o la idea de Japón, alimenta mi espíritu, su disolución en occidente me emociona.

La foto que abre este artículo pertenece a Domestic Scandals de Takashi Yasumura. El acercamiento al libro de Yasumura se produjo por razones diferentes a lo japonés: alguna de sus imágenes están muy relacionadas con una serie en la que estoy trabajando, si bien solo formalmente. Como suele ocurrir, el libro no se reveló hasta una segunda lectura. Domestic Scandals presenta pequeñas fricciones cotidianas, objetos de Occidente colonizando estancias de una vida japonesa, una ocupación calmada, permitida y aparentemente inocua, pero que produce un dolor lento, grotesco por su falta de emoción.

Es tal la impostura en la composición, que los objetos colocados en escena por Yasumura son desprovistos de su utilidad y se convierten en elementos de ruptura. Nadie piensa en a quien llamará el teléfono, quien comerá la tarta o si la basura está llena. Sólo trasciende la interferencia, la amenaza.

He revisitado Domestic Scandals con mucha frecuencia en los últimos dos años, y hasta hace hace un mes no descubrí una nueva dimensión a la obra. Fue al leer In Praise of Shadows de Junichirō Tanizaki. Tanizaki también se sirve de lo cotidiano para llorar lo tradicionalmente japonés  — ¿será que lo cotidiano es consustancial a lo japonés? —  y lamenta la perdida de la media luz:

Only in dim half-light is the true beauty of japanese lacquerware revealed.

y continúa:

Lacquerware of the past was finished in black, brown or red, colors built up of countless layers of darkness, the inevitable product of the darkness in which life was lived. Sometimes a superb piece of black lacquerware, decorated perhaps with flecks of silver and gold  — a box or a desk or a set of shelves —  will seem to me unsettlingly garish and altogether vulgar. But render pitch black the void in which they stand, and light them not with the rays of the sun or electricity but rather a single lantern or candle: suddenly those garish objects turn somber, refined, dignified.

Es la iluminación lo que convierte en disección forense las fotos de Yasumura, una iluminación occidental que arrebata su esencia al contexto y lo expone, lo hace vulnerable.

Posted on February 10, 2013 by

El estilo es una resultante fisiológica

El estilo no es una cosa voluntaria, esta es la invalidación y la inutilidad —relativas— de todas las reglas. El estilo es una resultante… fisiológica.

El pasado 30 de Noviembre (30.11.12) Días de cine pasó un documental homenaje a Jose Luís Borau. En el minuto 14:08 hablaba del estilo:

El estilo es algo que se deduce de lo que haces, …no algo que utilizas para hacer algo. Eso Azorín lo describió maravillosamente diciendo que ‘El estilo es una consecuencia fisiológica’. Si tú eres de una manera determinada y actúas con sinceridad tendrás estilo automáticamente.

Tras esto, busco del texto de Azorín, encuentro que pertenece a un pequeño libro Riofrío de Ávila, un pueblecito que previsiblemente estaba descatalogado. Afortunadamente todavía tenemos bibliotecas públicas, …todavía.

En el libro Azorín comenta un volumen supuestamente encontrado en la feria de los libros: Sentimientos patrióticos o conversaciones cristianas que un cura de aldea, verdadero amigo del país, inspira a sus feligreses. Se tienen los coloquios al fuego de la chimenea, en las noches de invierno. Los interlocutores son el cura, cirujano, sacristán, procurador y el tío Cacharro, por Jacinto Bejarano Galavis y Nidos.

Este es el fragmento que habla sobre el estilo:

IV Teoría del estilo. Estilo oscuro, pensamiento oscuro.

Todo debe ser sacrificado a la claridad. “Otra cualquiera circunstancia o condición, como la pureza, la medida, la elevación y la delicadeza, debe ceder a la claridad.” ¿No es eso bastante? Pues para los puristas lo siguiente: “Más vale ser censurado de un gramático que no ser entendido.” “Es verdad que toda afectación es vituperable; pero sin temor se puede afectar a ser claro.” La única afectación excusable será la de la claridad. “No basta hacerse entender; es necesario aspirar a no poder dejar de ser entendido.”

Si, lo supremo es el estilo sobrio y claro. Pero ¿cómo escribir sobrio y claro cuando no se piensa de ese modo? El estilo no es una cosa voluntaria, esta es la invalidación y la inutilidad —relativas— de todas las reglas. El estilo es una resultante… fisiológica. “Cuando el estilo es oscuro, hay motivos para creer que el entendimiento no es neto.” Estilo oscuro, pensamiento oscuro. “Se dice claramente lo que se escribe del mismo modo, a no ser que haya razones para hacerse misterioso.” ¡Admirable de exactitud y de penetración! Recomendamos la sencillez y tornamos a recomendarla. ¿Qué es la sencillez en el estilo? He aquí el gran problema. Vamos a dar una fórmula de la sencillez. La sencillez, la dificilísima sencillez, es una cuestión de método. Haced lo siguiente y habréis alcanzado de un golpe el gran estilo: colocad una cosa después de otra. Nada más; eso es todo. ¿No habéis observado que el defecto de un orador o de un escritor consiste en que coloca unas cosas dentro de otras, por medio de paréntesis, de apartados, de incisos y de consideraciones pasajeras e incidentales? Pues bien: lo contrario es colocar la cosas —ideas, sensaciones— unas después de las otras. “Las cosas deben colocarse —dice Bejarano— según el orden en que se piensan, y darles la debida extensión.” Mas la dificultad está… en pensar bien. El estilo no es voluntario. El estilo es una resultante fisiológica.

A pesar de referirse al estilo literario, no hace falta mucho esfuerzo para trasladar esta reflexión, que comparto, a cualquier campo de creación. En el mío, a menudo el estilo se equipara a la apariencia. Ambos constituyen el aspecto visual que toma lo que diseñamos, si bien el estilo habita una categoría superior. El estilo precisa intención y honestidad, no se fabrica —se construye—, no se intercambia —evoluciona—. El estilo es consecuencia, no es herramienta. No me interesa el estilo que no surge de una necesidad de claridad, sino el que se concreta a través de la destilación de mensajes y su orden.